¿Se volverá a desaprovechar la tregua unilateral de las Farc?
EL anuncio de una nuevatregua unilateral, por lo pronto por un mes a partir del 20 de julio, anunciado por las Farc es una noticia favorable para el proceso de paz en medio de la escalada de violencia que lo puso en entredicho. Se retoma así la línea de acción que se vislumbró en diciembre pasado, cuando la organización subversiva suspendió las hostilidades durante cinco meses, elevando las expectativas de paz hasta el punto de que las encuestas comenzaron a mostrar índices positivos.
De nuevo, las Farc sostienen que la tregua unilateral es una primera etapa para seguir, posteriormente, hacia el cese al fuego bilateral y definitivo. Como se sabe, una comisión de altos oficiales por parte del Estado y de guerrilleros viene reuniéndose a fin de establecer los puntos centrales del fin del conflicto. De manera que la bilateralidad ya se viene dando al más alto nivel militar en esas conversaciones preliminares.
En un editorial de hace unas semanas, en este Diario, se había insistido en que debía retomarse la ruta de la tregua unilateral por parte de las Farc a fin de generar las condiciones propias para que el proceso de paz pudiera desenvolverse en medio de un ámbito diferente a la escalada violenta de los últimos meses. Precisamente ayer se reiteró el tema, lo que permitirá entrar a tocar otros ítems como el llamado desescalamiento y las condiciones para seguir desarrollando la agenda.
Se dijo: “Es, desde luego, lamentable que la tregua unilateral por parte de las Farc se hubiera roto y se tenga ahora el proceso de paz en vilo, alejado de las pretensiones de los ciudadanos. Hemos dicho de tiempo atrás aquí, y lo reiteramos, que si aquello se mostró como un paso apreciable y razonable en la dirección a terminar el conflicto, por desgracia fracturado, es hora de volver por el mismo cauce. Aquello que se ha demostrado plausible puede intentarse de nuevo, de manera que en lo absoluto sería descabellado retornar a esa tregua unilateral e igualmente pedir del Gobierno que, en esta ocasión, en caso de que ello pasara, le diera la importancia que el asunto merece. No puede seguir manejándose el proceso de paz al vaivén de las encuestas, lógicamente traumatizadas por la espiral de la violencia. Son ellas, sin embargo, un mensaje claro y perentorio de que lo mejor y más factible es retornar al escenario de hace unos meses, cuando ciertamente la violencia bajó su intensidad. Es, en este caso, un procedimiento claro de voluntad política, que si ya las Farc mostraron recientemente, no tienen por qué no volver a renovar”.
Amplios sectores del país recibieron favorablemente el anuncio hecho por las Farc, pero se espera que la tregua se prorrogue una vez cumplido el mes anunciado.
En estos días el negociador gubernamental, Humberto De La Calle, advirtió cautelosamente, por primera vez, sobre la posibilidad de que el Gobierno se levantara de la Mesa. Al mismo tiempo, sin embargo, aceptó modificar la idea de que el cese al fuego bilateral fuera exclusivamente al final del proceso, anticipándolo. Para ello, sostuvo, que al menos debería darse una garantía por parte de las Farc de que están dispuestos a retomar y avalar las discusiones sobre justicia transicional. El tema mantiene, de algún modo, trabado el proceso en la medida en que las Farc insisten en que no aceptarán cárcel, ni condenas.
El rompimiento de la anterior tregua unilateral se produjo después de que la Fuerza Pública contestara, en el Cauca, con la embestida guerrillera en que se asesinó a 10 soldados en Buenos Aires. A un par de semanas, fueron dados de baja al menos 26 subversivos, entre ellos el comandante “Jairo Martínez”, quien venía de ser delegado en las conversaciones de La Habana. Hasta ese momento, la suspensión de los bombardeos era la única medida de desescalamiento del conflicto que el Ejecutivo había adoptado, precisamente como respuesta a pasos de la guerrilla para disminuir la intensidad de la guerra, como la propia tregua unilateral, el cese de los secuestros, la disposición a un plan piloto de desminado humanitario y el anuncio en torno a que no reclutaría a menores de 17 años y devolvería a quienes teniendo menos de esa edad ya estaban enrolados.
¿Cómo evitar que esta nueva tregua unilateral también se rompa, ya sea por una acción directa (accidental o premeditada) de la propia guerrilla o como reacción a una operación de la Fuerza Pública, que tiene la orden de seguir a la ofensiva y no bajar la guardia, e incluso con los bombardeos sin ninguna restricción?
La respuesta a este interrogante es bastante complicada, pues es claro que la guerrilla no acepta ningún tipo de concentración territorial de sus frentes hasta no pactar el cese al fuego bilateral definitivo y, por lo mismo, la verificación del cumplimiento de la tregua o la investigación de las circunstancias de una eventual violación, resultan casi un imposibles. En todo caso, tendría que adoptarse algún tipo de verificación, en la Comisión de garantes, que permita generar las condiciones para que esta nueva tregua unilateral sirva de sustento a la disminución de la violencia.
Nadie duda, en estos momentos, que lo ideal es proceder a la localización de los frentes guerrilleros a fin de que puedan tener la veeduría correspondiente por parte de organismos nacionales e internacionales. Mientras eso sucede es necesario adoptar algún tipo de mecanismo intermedio, si se quiere, en esta ocasión, darle importancia al nuevo anuncio de las Farc. En todo caso, la negociación y desarrollo de un cese de fuego bilateral y definitivo se tardará un tiempo importante, por lo menos, en todas sus fases, un año. En el interregno, inclusive, motivo sustancial son los corredores por los cuales la guerrilla pueda llevar sus tropas hasta las zonas de concentración, la manutención en esos lugares y el esquema de gobierno de esas zonas. Previamente tiene que haberse definido cuántos lugares son, en qué municipios y si ello de algún modo está atado a la negociación de las zonas de reserva campesina.
El segundo gran reto que quedó planteado gira, precisamente, en torno al condicionamiento que la propia guerrilla hizo de su nueva tregua, al atarla a que durante ese mes en que suspenderá acciones militares ofensivas, la idea es crear un clima de confianza para que se avance en las tratativas en la Mesa de Negociación con miras a pactar un cese el fuego bilateral y definitivo.
Es evidente que siendo tan compleja esta última discusión, un mes de tregua unilateral resulta ser un lapso claramente insuficiente para recuperar la confianza, más aún porque Gobierno y guerrilla difieren de cómo y cuándo implementar un cese bilateral. Sobre todo cuando el tema parece atado a que las discusiones de justicia transicional salgan avantes.
El Gobierno sigue insistiendo en la necesidad de buscar medidas adicionales de desescalamiento. No obstante, sólo para el desminado de una pequeña área, entre las partes, ya se lleva seis meses.
A todas luces, la tregua unilateral de las Farc es un anuncio en dirección a bajar la violencia y hacercongruente el proceso de paz de La Habana con la paulatina eliminación de las hostilidades. Es la dirección correcta, porque lo que no entiende el país es que mientras se habla de paz en La Habana se haga la guerra en Colombia.
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